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Había ib end Mirgo en los Paises-Bajos una circunstanen partí» eola?

que distinguía aus disensiones de ka de Francia , In- ij Uerra v Baeoeia^aeal Mnde ocuparnoa* Batalla aqoi eneenditt mía gneira, propiamente cifil^ en que las par- tea coolendíenlea perteneeian á onanadon naama.

Al llegar á la ciudad salieron los mag^trados á re- cibirle , suplicándole no pasase adelante con la tropa; mas él les dió á entender ^ne no Ies quedaba mas ^l^r-* nativa que recibir la gnarnicion ó sostener un sitio.

Los magistrados trataban de avenirse al recibimiento de la guarnición , habiéndose estipulado antes el número de tropas que (ípbian componerla; mas los calvinistas rí- gidos y el populacho, arrastrados por los discursos del predicador Laü;range, resolvieron dpfonders R hasta la úl- tima estremidad, supeditando la voluntad de los magis- trados y délas personas mas pu Jicntcs.

La recibió la princesa con altivez y con desprecio, diciéndo- les que para nada los reconocía ; que si en algún tiempo .

hablan abusado de las circunstancias para rebelarse contra laa kyes^ y (mrÉe coii derecho de imponer eonídicíoiiéS) ' 42 HISTORIA DE FELIPE lí.

Se turbó algún tanto la Gobernadora; mas vuelta prontamente en si, negó la an- tanlicidad de- dicho escrito.- Sostuvo «pe era apócrifo' y falsificado para seducirlj B y estraviárie con planes suver- sivda; que á ella no le faltaba carta alguna del emba- jador; que todas laa había recibido coo sus propias fe* días; y ademas que era tener poca idea de la prudencíi que distinguía tanto al rey de España , suponiéndole ca- paz de llar i au embajador secretos de tal gradq de impor- tancia.